Retro, vicio y subcultura de los 70 a los 90s

martes, 25 de enero de 2022

Way Down: De piratas y corsarios

E aquí la última película chorra fetiche de Mediaset: una especie de versión Lite de La Casa de Papel (Álex Pina, 2017) a modo de sueño húmedo de Odissey Marine Exploration, la empresa americana que ya tuvo algún altercado y fue empapelada por la justicia de varios países, incluida la española, por el dudoso rescate de pecios hundidos cargados de tesoros.

La premisa presentada por Way Down es justo esa: el descubrimiento y rescate del pecio de una de las naves perdidas del corsario (que no pirata, cuidado) Francis Drake es interrumpido por las malvadas lanchas de la Guardia Civil con el logo de “Hacienda somos todos” y los valiosos vienes de la antigua siniestrada nave quedan confiscados por la benemérita y depositados en la cámara de seguridad del Banco de España, del cual risiblemente se vende su seguridad como uno de los lugares más inexpugnables de la Tierra con unos ingenios a prueba de butrones que ríase usted de los cachivaches del doctor Bacterio.



Salta a la vista que la última cinta de Jaume Balagueró le echa morro y se monta al carro del éxito celuloso de la casa de ídem, si bien lo más risible son los topicazos sobre cómo nos deben ver los anglos expresados en boca de actores internacionales como el juego tronero Liam Cunningham (encasillado en su papel de marinerito de Caballero de la Cebolla) y el buen Norman Bates de Freddie Highmore como infalible nerd.


“Necesito tu mente. Porque no solo busco una solución a un problema… No sé ni cuál es el problema.”

Walter a Thom

El alucine de las viejas glorias nacionales (Jose Coronado, Luis Tosar…) debió ser mayúsculo ante lo inenarrable del guion y su épica locación temporal en pleno mundial de futbol de 2010 en el que Españita antes de la caída fue grande un día más ganando el Mundial de Futbol de Sudáfrica (¡Waka, Waka!). Este es uno de los psicotrópicos puntos de crucial importancia en los que se sustenta la acción, entre otros topicazos que paso a documentar con regocijo a continuación.

El primero, eso de que los ingleses han sido de toda la vida de Dios unos piratas es totalmente falso. En todo caso eran corsarios al servicio de la corona inglesa y los malvados son los picoletos por abordar una operación de rescate a las bravas aunque los tesoros estuvieran en aguas nacionales y su pertenencia correspondiera a los Austrias.

El segundo, pese a que el Banco de España es el lugar más seguro del mundo, cuatro mataos pueden colarse tranquilamente por la ventana, que aquí no pasa nada. Y en el lugar más seguro del mundo, el gobernador del banco que es como el abuelo de Médico de Familia (si, la del Aragón) fuma por la ventana y el jefe de seguridad (Gustavo, sin más, pedazo construcción de personajes) es un energúmeno malcarado con cara de pocos amigos a quien pese su sapiencia no hacen más que colárselas dobladas.



Y es que para acabar, y que no es poco, en todo momento cual milagrosos Deus Ex Machina a lo Equipo A todos los miembros de la banda salen impunes y enteros de las situaciones más inverosímiles en un prodigioso corre corre que te pillo, Iniestazo mediante, en el que acaba degenerando la acción. Será por eso, que como no son piratas ni ladrones eso de mangar en realidad no se les da tan bien, pero de lo que se dice potra van sobrados.

Pese al despropósito, bueno… se puede decir que puede verse y sirve para pasar un rato de noche de sábado no demasiado bochornoso, por lo que aunque sea por el simple entretenimiento le daremos un aprobado en La Retrovisión... y es que se me hace cuanto menos extraño, que Jaume Balagueró más conocido por sus REC y películas de terror en general, se embarcase en un género tan trillado, con un referente como es el de La Casa de Papel difícil de mejorar, y menos con un largometraje simple y alimenticio que parece más un producto de marketing que una propuesta seria, del cual dejan para más inri un final abierto que promete segunda parte.


lunes, 24 de enero de 2022

Munich, En vísperas de una guerra I spy with my little eye

Si bien aquí compite mi interés personal en el conocimiento de los hechos históricos más relevantes del siglo XX, en especial todo lo referido a las guerras mundiales, con lo que pueda encontrar relevante, interesante y memorable en una película como lo que busco como cinéfilo, se me añade una tercera variable que como poco me parece curiosa en su coincidencia espacio temporal con los sucesos que están acaeciendo entre Rusia (Alemania), Ucrania (Checoslovaquia) y la OTAN (los Aliados).

¿Será que Netflix cuela subrepticiamente en nuestro salón la correcta percepción de la interpretación de los hechos pasados de acuerdo a la ortodoxia del régimen para que reparemos en las flagrantes semejanzas históricas de hechos pasados con los que nos ocupan estos días? Sin duda sin ser nada premeditado y dejando magufadas aparte, pues no creo que ni aun queriendo pudiera haberse dado esta casual coincidencia de fechas y hechos, podríamos llegar a establecer conexiones sobre que si se hacen concesiones ahora a Rusia ese no será el fin, y acabaremos en otra guerra mundial.




Pero bueno, como no estamos aquí para hablar de geopolítica ni equilibrios de poder, centrándonos en la película de Christian Schwochow encontramos la dramatizada versión de los hechos de la Conferencia de Múnich que supuso el vergonzoso abandono de Checoslovaquia por parte de los Aliados a su suerte en el hecho más relevante del apaciguamiento a Hitler en 1938 como preludio a lo que sería el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Cabe destacar que si la cinta presume de una factura técnica impecable, y hace una clara exposición de los hechos históricos y sus posibles consecuencias, ya fuera ante la cesión o la oposición a la anexión por parte de Alemania de los Sudetes, la trama subyacente de espionaje con contactos entre viejos amigos en bandos enfrentados se hace un tanto innecesaria y poco creíble, lo que añade una pátina de redundancia a la exposición de hechos históricos que no añade un gran interés.




El argumento, obviando la innecesaria trama de espías, es el que es y da para lo que da. La cinta intenta construir una especie de epopeya de ominosa atmósfera sobre el desarrollo de un hecho prebélico de relativa importancia, en un intento un tanto descarado de lavar la memoria del tibio primer ministro Neville Chamberlain, que con todos sus defectos continuaba siendo mejor que cualquier Boris Johnson de turno.

Dado el actual clima prebélico en el este, parece incluso una especie de aviso para navegantes en el tono de “¡os lo dije!” si comparamos lo que pasaba en la Europa de los tardíos años treinta con lo que está pasando ahora en los confines de Rusia (ocasión no echada a perder de dar a entender que Putin no es tan diferente de Hitler, aprovechando un interés bastante partidista leyendo entre líneas, que quien no recuerda la historia está condenado a repetirla y blablablá).

En cuanto a interpretaciones, seguramente quien más brilla dada su experiencia sea el Neville Chamberlain de Jeremy Irons, presentando como contraparte las posiblemente más feas versiones de los gerifaltes nazis, mención especial al Hitler esmirriado de Ulrich Matthes por mucho hipnóticos ojos azul eléctrico que presente. Tampoco acabo de entender que pinta Liv Lisa Fries en todo este embrollo (la encantadora Lotte de Babylon Berlin), aunque su presencia siempre sea bienvenida.




En conclusión, un buen ejercicio de cine histórico para los amantes del género de La Retrovisión, con una factura técnica impecable pero que resulta agotador en su intento de dar una vuelta de tuerca a unos hechos de dudosa relevancia dentro de la política de apaciguamiento a Hitler con esa trama totalmente innecesaria de jugar a los espías entre diplomáticos y dar un masaje a la memoria del buen Neville. Tolerable, aunque no memorable.


sábado, 22 de enero de 2022

Summer of 84: Los 80 ya no son una década, sino una idea

Que este blog  de La Retrovisión nuestra de cada día tenga como temática sobre los setenta, ochenta y noventa no significa que se centre exclusivamente en cualquier tipo de obra producida en esas épocas, y de hecho ya hay algún que otro post referido a cosillas actuales.  No obstante, lo cierto es que el ejemplo del que vamos a hablar en el artículo de hoy tiene una pequeña trampa, ya que pese a ser una película bastante reciente, veremos que es una producción que contiene todos los elementos para ser considerada una obra de culto ochentera, pues no es nada más ni nada menos que como una película de los ochenta, pero rodada hace solo tres años, y es que como el título indica, los ochenta han dejado de ser una década para convertirse en algo así como un concepto idealizado (y en ocasiones prostituido).

A la sombra de la actual moda de recuerdo constante de los queridos ochenta, ha surgido un subgénero de productos que de forma más o menos afortunada rememoran generalmente de una forma idealizada esa época. Quizás el caso más conocido y exitoso será la serie de Netflix Stranger Things (los hermanos Duffer, 2016), pero ha habido otras producciones recientes como Super 8 (Steven Spieberg, 2011) o la que nos ocupa en este artículo, Verano del 84 (Summer of 84, Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell, 2018) que siguen ese mismo principio de lo que vendría a ser el New Retro Wave (NRW) en el campo de la música.



El caso de Summer of 84 al tratarse de una película bastante independiente, prácticamente indie, no es tan conocido como el de la omnipresente Stranger Things, pero constituye tal delicia de sucesión de clichés ochenteros enlazados con tanto amor, que parafraseando al “More human tan human” de Blade Runner, se podría decir de la cinta de terror y misterio de Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell que es “Más ochentera que los ochenta”.


“Hasta los asesinos en serie son vecinos de alguien.”

Graham Verchere


Para trillado el propio argumento, con esa fijación ochentera por el vecino tan vista en películas de culto como Noche de Miedo (Tom Holland, 1985), y la fascinación por los asesinos en serie: durante el verano de 1984 están desapareciendo niños en un tranquilo pueblo costero en el que vive Davey, un adolescente aficionado a las teorías conspirativas, que sospecha que su vecino, Mackey, un agente de policía, es en realidad un asesino en serie. Será así como con la ayuda de sus tres mejores amigos, Davey comenzará una investigación que se vuelve muy peligrosa conforme la verdad emerge a la luz.



Pero es que no es el argumento lo más atractivo de esta cinta, si no esa nostalgia y el sentimiento que nos produce el rememorar un idealizado y olvidado verano de los ochenta que realmente nunca vivimos (ni aunque realmente como servidor ya existiéramos en el 84). No será casualidad tampoco que 1984 fuera quizás el verano de los ochenta por excelencia, año en el que se estrenaros producciones como Conan o los Cazafantasmas. La conexión mental es como ese acertado comentario que leí una vez acerca de una de estas nuevas y maravillosas baladas de New Retro Wave: se siente como estar sentado en la arena caliente de una playa (probablemente de Miami) sintiendo la brisa en tu rostro bajo la luz dorada de un melancólico atardecer de finales de verano.

Es el sentimiento lo que produce que Summer of 84 cale tan hondo, por lo que esta relación entre banda sonora y metraje viene muy a cuento. Sin duda es uno de los puntos fuertes que ayuda a plasmar esta onírica atmósfera de idealización ochentera es la música de Le Matos, grupo canadiense de música electrónica New Retrowave colaborador habitual de los creadores de Summer of 84. ¿Y es que quién no puede enamorarse con la visión de Tiera Skovbye ejerciendo de DJ con los acordes de Cold Summer de Le Matos? Sin dejar de mencionar también el tema principal del malvado vecino Mackey.




Y pese a los idealizados ochenta, no todo es tan plácido ni inofensivo como parece, y es que como ya he comentado en otras ocasiones, no hay terror más terrible que el de lo cotidiano, y justo delante de nuestra puerta pueden esconderse los monstruos más terribles a los que no deberíamos provocar si no queremos exponernos a las posibles consecuencias de unos años ochenta crepusculares que también contenían una buena cantidad de sombras… aquí también plasmadas en su inquietante conclusión, que demuestra que al fin y al cabo no todo era tan feliz y ya entonces los monstruos si existían.



Por estas razones, Summer of 84 es una cinta muy lograda, que destila amor por los ochenta y que posiblemente sea una de las más infravaloradas películas de terror de los últimos tiempos, eclipsada sin duda por producciones más simpáticas como Stranger Things, sin un lado oscuro verdadero como la del verano del 84, por lo que escribir sobre esta joya canadiense se me antoja, como poco, un digno ejercicio de difusión entre los retrovidentes que ayude a poner su propuesta donde le corresponde y darla más a conocer.


lunes, 17 de enero de 2022

Archivo 81: Lovecraft camina entre nosotros

Sandy Petersen, autor del maravilloso juego de rol basado en los mundos creados por H.P. Lovecraft, parafrasea a otro escritor el nombre del cual para ser honestos no recuerdo, que influenció la obra del autor de los Mythos y que describe los ingredientes indispensables para crear de forma magistral un relato de terror que consiga ese efecto de terror y suspense tan deseable por los autores y tan disfrutable para, llámese el lector, o en este caso consumidor audiovisual.

La clave tan buscada en incluso aquellas viejas veladas de partidas roleras durante los noventa, es que la historia a contar debe asemejarse a una cebolla, debe ser una historia compuesta por capas, quizás aparentemente inofensivas en su exterior, pero capas que a medida que se despliegan ahondando en la historia, lo más probable es que conduzcan a los más insondables horrores que hagan tambalear los pilares de la misma existencia poniendo a prueba nuestra cordura.



Archivo 81 lo peta siendo magistral y modélica siguiendo este esquema para plasmar el arquetipo de historia de horror cósmico lovecraftiano y aunque de forma oficial no presuma como relato de los Mythos, estoy seguro que mucho de ello hay en su trasfondo. Aquí no hay menciones oportunistas y más bien malintencionadas al autor de Rhode Island como en el caso de su uso como reclamo en la infame "Territorio Lovecraft", pero si mucha cosmovisión afín a sus relatos que a 2022 aún ponen la piel de gallina y despiertan aquellas emociones nostálgicas de las partidas a Cthulhu de antaño: nuestra realidad está rodeada por todos lados de terribles dimensiones paralelas pobladas por los más abyectos seres y la capa que separa estos mundos es tan fina como frágil es nuestra cordura cuando descubrimos esta verdad en forma de revelación generalmente horrenda.

Estructurada en tres líneas temporales bien diferenciadas por un hecho ya típicamente temático de la obra Lovecraftiana (el paso de un cometa que se sucede cada 70 años), la acción se desarrolla durante los años 20 (época contemporánea a Lovecraft y de la ambientación clásica de sus relatos y… oh… si… del juego de rol clásico), los años noventa y el presente.



Líneas temporales aparte, la acción también se desenvuelve de acuerdo con las consabidas capas de cebolla descritas por Sandy Petersen en donde hechos aparentemente casuales dan lugar al despliegue del cada vez más insondable terror que nos enseña que el velo existente entre nuestra realidad y otras dimensiones es tan fino que puede ser rasgado para mirar que hay tras él, y que lo que hay tras la inestable capa de nuestra realidad puede ser un ser de infinita maldad cuya única visión acabe con nuestra cordura.

Así, conforme se desentrañen los entresijos de la aparentemente inofensiva premisa del trabajo en la restauración de unas cintas viejas, no será extraña la aparición de los lugares comunes de la literatura lovecraftiana que conforman el universo de los Mythos: brujas, sectarios, inconfesables cultos y sacrificios rituales,  horror cósmico y macabros seres interdimensionales de inenarrable maldad invocados por inconscientes aficionados al ocultismo que preparen el advenimiento de antiguos y primigenios seres que escapan a su entendimiento… pues no está muerto lo que yace eternamente y existen extraños eones en los que incluso la muerte puede morir.



Subjetivamente, siempre he sido un amante de los relatos basados en el universo n-dimensional y no euclidiano creado por H.P. Lovecraft, dicho lo cual es fácil entender hasta el punto que me ha gustado esta clásica historia de horror gótico que aunque ambientada en tiempos modernos destila ese puro gusto lovecraftiano del cual curiosamente no se jacta. Fuera pues como mera historia de horror inesperado, recomiendo fervientemente a los seguidores de La Retrovisión su visionado por el gran disfrute garantizado a todos los entusiasta del horror psicológico y cósmico.


martes, 28 de diciembre de 2021

Noche silenciosa

Debida cuenta a que las Navidades (lo sé, ya voy tarde) no dejan de ser un periodo atemporal y dados los precedentes existentes de ese género a contracorriente del horror en Navidad, me voy a permitir hablar hoy de la sorpresa terrorífica de cierre de este 2021, que es que para colmo no podría encajar mejor en este panorama pandémico dantesco del que parece imposible librarse… y es que además esta Silent Night (La última noche, Camille Griffin, 2021) precisamente parece girar y reflexionar en parte ante la locura que supone creer a pies juntillas en cualquier cosa que nos lancen por esa caja tonta llamada televisión.

Antes de empezar, me siento obligado a decir que esta crítica puede contener cierto destripe, ya que se me hace difícil hablar del tan brutal mensaje que transmite sin citar algunas de las directrices bajo las que se desarrolla la acción, así que avisados quedáis y si no queréis saber nada antes de verla podéis dejar de leer aquí… de hecho yo intenté verla sabiendo lo mínimo posible y la sorpresa ha sido máxima.



Si bien podría decirse que la película tiene una primera parte con un inicio confuso y un desarrollo irregular en el que parece que estamos viendo otra de esas estúpidas películas navideñas de reunión de amigos pijoproges, sí que nos damos cuenta que algo no parece encajar del todo en esa idílica postal navideña: extrañas conversaciones, indebidas licencias a los niños (como aquello de dejarte fumar en las comuniones de antaño…), una ominosa y opresiva atmósfera sobre la cual no se acaba de desvelar la causa… hasta que justamente se menta a los rusos, Greta y sus gretoides y todo empieza a tener sentido: el mundo tal y como lo conocemos se está yendo al guano y esta apresurada reunión navideña es su funesto funeral.

“I'm gonna live forever.”

Irene Cara - Fame

¿Y qué tiene de especial Silent Night si presenta este tan trillado argumento? Bien… aparte de convertirse en mi nueva película antinavideña favorita, y ya de por si nadar a contracorriente en un género denostado desde los setenta a base de películas inenarrables, da una nueva vuelta de tuerca al género apocalíptico al introducir en esta el componente de reflexión en torno a la más absoluta estupidez que supone para personas supuestamente adultas creer sin dudar, sin ningún sentido crítico, todo aquello que le impone Papá Estado por su bien… ¡hasta el punto de obedecer al suicidio sin rechistar!

Más divertido aún si cabe es que sea un niño y una mujer joven los únicos que se cuestionen el sentido de la aplicación de unas medidas tan radicales (e irreversibles) ante la falta de lógica, fe ciega a la solución final y pánico al sufrimiento y dolor de los adultos (y supuestamente responsables) a una amenaza incierta y/o en todo caso cuestionable. Vaya, vaya… ¿no nos recuerda esta situación a nada que esté pasando ahora mismo?

El estreno de Silent Night no podría ser más oportuno, y su planteamiento, obviamente influenciado por la situación actual, llevado al extremo su mensaje podría llegar a interpretarse como una apología de las tesis negacionistas a las que estamos asistiendo en la presente pandemia, y es que, ¿qué pasaría si al fin y al cabo los magufos tuvieran razón? En realidad, no creo que sea tanto eso como por lo menos empujar al espectador ante lo que estamos viviendo a reflexionar hasta qué punto cualquier medida, supuestamente propuesta por nuestro bien por las benignas instituciones (llámese Estado, expertos de cualquier índole o tertuliano cuñado…) sea realmente promulgada en nuestro interés.



Ese grupo de a priori estúpidos personajes, con su hipocresía, cinismo, mezquindad… recuerda a ratos con su triste celebración a la misma panda de nazis que celebraban su orgía final hasta el amanecer, en el que borrachos se suicidaban ante la caída de su mundo. En este caso, padres, amantes, hijos… ante tal conflicto, en el que se enfrenta la conformidad, la sumisión y la rendición ante la rebeldía, la duda y la esperanza, se plasma un aterrador retrato, metáfora y paralelismo de la actual pandemia y de algunas de las absurdas y arbitrarias medidas propuestas, contradictorias sin pudor según lo que haya convenido a cada momento. Al fin y al cabo, la muerte de la razón, el fin del pensamiento crítico, la inmolación ante el pánico.

Y es que aunque el horror sea tan sutil e intelectual, sobre todo al principio, no es que Silent Night esté falta de escenas absolutamente terroríficas, una de ellas ciertamente explícita (y cuando la veáis sabréis a qué escena me refiero), pero el resto ciertamente truculentas por sus implicaciones, y es que no hay terror más terrorífico que aquel basado en las insinuaciones y el que da pie a imaginar terribles escenas, que el de hechos consumados.

Ciertamente no deja de ser una proeza que Silent Night consiga que se acabe sintiendo lástima por una caterva de personajes tan ridículos, mezquinos y estúpidos, compuesta mayormente de pijos insoportables, niños repelentes y acaso una o dos personas más o menos normales. El mérito de las interpretaciones reside en este caso en conseguir ese sentimiento de rechazo, y es que seguramente nunca pensé que Keira Knightley pudiera caerme tan mal.



En definitiva, una inesperada joya recomendada por La Retrovisión para cerrar este aún pandémico año 2021, que pone de relieve el cansancio que ya arrastramos, y cuestiona, que al fin y al cabo quizás, y solo quizás, todas las posturas de los extremos más radicales, pueden llegar a tener razón en alguna cosa, o por lo menos no se debería perder el espíritu crítico a favor del pánico más irracional.


lunes, 11 de octubre de 2021

Gattaca: Y nadar mar adentro... Y no querer salir

Hoy he vuelto a ver Gattaca (Andrew Niccol, 1997) posiblemente una de las mejores películas de ciencia ficción seria de finales de los noventa, si por serio entendemos su plausibilidad y madurez, pues no estamos aquí hablando de Space Opera o desenfrenada acción (ya hablaremos algún día del Quinto Elemento…), pero sí de plácidas y cultas aunque inquietantes revelaciones. Hacía años que no me reencontraba con Gattaca, y hoy lo hecho. Sigue siendo tan emocionante a la par que emotiva como esa primera vez de la que debe hacer más de veinte años.



El pensamiento recurrente que me viene a la cabeza cuando la he acabado de ver, es que ya no se hacen películas como esta (lo cual seguramente demuestra que me estoy haciendo viejo), pero es que en la tan comercial e híper acelerada vorágine actual en la que se ha convertido el cine difícil sería encontrar una película tan intimista que trata con tanta naturalidad temas tan profundos como el espíritu de superación, el amor, la amistad o la necesidad de alcanzar los sueños personales a toda costa como necesidad vital.

La pulcritud y frialdad de ese (no tan distópico últimamente...) cercano futuro sirve como marco para desarrollar una por momentos emotiva, en otros momentos conmovedora, y en otros orgullosa historia de superación personal en la que algo tan simple como una improvisada carrera de natación puede demostrase como una de las más emocionantes escenas épicas jamás rodadas con el permiso del escape de Shawshank de Andy Dufresne.


"Solían decir que un niño concebido por amor tenía una mayor probabilidad de ser feliz. Ahora ya nadie lo dice."

Vincent Freeman


Uma, Jude y Ethan pueden estar orgullosos, posiblemente confluyeron en la película de Andrew Niccol en uno de los mejores momentos de sus carreras, y es que simplemente brillan en pantalla. Nunca volverán (ni volveremos) a ser tan bellos como entonces, ni nunca volverán (volveremos) a estar allí... ni recuerdo que Uma y Jude (con permiso de Jennifer 8 e Inteligencia Artificial respectivamente) hubieran estado nunca tan atractivos en pantalla.



Si a esto le añadimos la inspirada (e inspiradora) música de Michael Nyman, compositor consagrado ya anteriormente por la rotundidad de su genial banda sonora de El Piano (Jane Campion, 1993), lo que tenemos es un regalo atemporal, una obra maestra de culto imperecedera que hace de Gattaca por sobradas razones una de las mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine.

Ríos de tinta se han vertido ya de películas tan célebres como Gattaca, por lo que poco más puedo añadir a lo que ya se ha dicho por todos lados, aunque cual soldado media-vida quería dejar en La Retrovisión mi testimonio... ¡sed testigos! Y redescubrid esta gran obra maestra imperecedera.


sábado, 17 de abril de 2021

Atmósfera cero: Sean Connery también trabajó para la Weyland Yutani

Hoy revisamos en La Retrovisión Atmósfera Cero (Peter Hyams, Outland, 1981), otra de las películas de principios de los ochenta nacidas clarísimamente a la vera del fenómeno Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), que tiene la peculiaridad además de ser un velado remake de otro clásico de los años 50, Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), trasladando el género del western a las insondables fronteras de un oscuro, frío, descarnado y deshumanizado espacio exterior.

Y es que para entender Atmósfera Cero, hay que fijarse primero en lo que significó Alien para el género de la ciencia ficción de exploración espacial, pues sería esta primera que rompería con esa idílica y un tanto romántica e ingenua concepción de lo que sería el futuro de la humanidad entre las estrellas, para mostrar un retrato posiblemente más realista de lo que puede llegar a ser algún día esa hipotética realidad.

Ópera espacial aparte, si la visión de la exploración espacial que se mostraba en obras como 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) entre alegres bailes de pequeños satélites artificiales y estaciones espaciales era más bien en asépticas naves de blanco nuclear dignas de los visitantes portadores de lejía del futuro, Alien fue la primera en imaginar la explotación (que no exploración por amor al arte) del espacio y sus recursos de una forma mucho más realista como algo sucio, peligroso, interesado, inquietante, y sobre todo pesadamente industrial y corporativista.

Tras el éxito de Alien y la aceptación de su cosmovisión (nunca mejor dicho…) como el estándar a seguir que ha influenciado hasta el presente obras como The Expanse (Mark Fergus, 2015), ese mismo es el enfoque y la atmósfera adoptada en la puesta en escena de Atmósfera Cero, y es que más allá de que se trate de un western ambientado en el espacio (cosa de la que hablaremos a lo largo de este artículo), las semejanzas con la obra maestra de Ridley Scott saltan a la vista.

Ya su secuencia inicial con las letras de Outland sobreimpresionadas en pantalla sobre la vacía negrura del espacio, nos recordará a la aparición de las letras de Alien, pero es que a continuación la siguiente toma con el gigante gaseoso de Júpiter, por si no nos habíamos dado cuenta, lo acabará de corroborar… ese plano de Jupíter de fondo se parece incluso a la imagen del menú principal del videojuego basado en Alien, Alien Isolation (2014).

Dirigida por Peter Hyams, un entusiasta del cine espacial y la ciencia ficción que tiene curiosamente en su haber otro título como 2010: Odisea dos (1984), la trama nos transporta a la tercera luna por tamaño de Júpiter, Ío, en donde se asienta una colonia minera que explota los ricos yacimientos de titanio del satélite, tal y como la específica información sobreimpresa (tan parecida a la de los datos de la Nostromo en Alien) nos muestra. Las abundantes similitudes entre Alien y Atmósfera Cero son obvias, y es que como no, la explotación minera está bajo la tutela de la Con-Am, una corporación a lo Weyland-Yutani de Alien, y sus instalaciones son tan sucias, feas, deshumanizadas e industriales como la propia Nostromo.

Una y otra tienen en común también el retrato de las penosas condiciones y duro trabajo de la minería espacial, ya sea por el caso de los tripulantes de una nave refinería en el caso de Alien, o por el de los mineros de la explotación Con-Am 27 de Ío en Atmósfera Cero… los cuales por cierto lucen en gorras y chaquetas parches muy parecidos a los de la tripulación del Nostromo, tan similares como los trajes con escafandra de los mineros de la Con-Am y de los tripulantes del Nostromo… tantas similitudes que me hacen plantearme que gran película de xenomorfos en una luna de Júpiter nos hemos perdido.

“Incluso en el espacio, el principal enemigo es el hombre”

Atmósfera Cero

Pero la trama de esta, más que sobre una cacería de bichos, gira en torno al Marshall William T. O’Niel (Sean Connery) y su año obligatorio de servicio en las instalaciones de Con-Am 27, en donde pronto descubre que múltiples casos de suicidio atribuidos en principio a locura espacial debida a las duras condiciones de trabajo, esconden en realidad algo más detrás… algo no obstante en lo que quizás no sea demasiado prudente indagar en un lugar en el que lo que quiere todo el mundo es pasar desapercibido y cobrar a fin de mes.

Y es que como el director general Mark Sheppard (Peter Boyle) indica en su discurso, aludiendo a las bonificaciones adicionales de los mineros en otro guiño al comentario del tripulante Parker de la Nostromo sobre la “bonus situation”, tanto más contentos estarán tanto los mineros como la compañía cuanto más alta sea la producción, y es que tanto la Con-Am como la Weyland-Yutani parecen compartir la misma falta de escrúpulos respecto a sus asalariados mientras de sacar tajada se trate.

Si de hacer subir la producción se trata, nada mejor que introducir una droga (el polidicloro-eutinol) en la colonia que a la par que suaviza las duras condiciones de los mineros los hace trabajar como bestias sin enterarse, algo que sería fantástico si no tuviera el pequeño inconveniente que también o los convierte en psicópatas o les hace perder la cabeza, lo que explica la creciente oleada de suicidios y episodios escabrosos que se suceden en Con-Am 27.

Siendo esta una cinta en la que pese a la ambientación espacial se prima más la trama policial, se mostrará como O’Niel, íntegro y diligente en su trabajo al contrario que sus ineptos subordinados, será quien pese a todos los impedimentos, y con la ayuda de la cínica aunque pragmática directora médica Marian Lazarus (Frances Sternhagen)  haga ciertos descubrimientos que sacaran a la luz el lucrativo negocio de tráfico de drogas que involucra inequívocamente a la máxima autoridad del lugar, el director Sheppard.

Por seguir con las similitudes entre Alien y Atmósfera Cero, llama la atención como durante su investigación O’Niel también interroga a un computador al más puro estilo HAL9000 o Madre del Nostromo, a la par que se hace un involuntario guiño a su antiguo personaje de James Bond con el “solo para tus ojos” con el que la computadora le muestra los informes, y es que en 1981 también se estrenaba, pero con Roger Moore, James Bond: Solo para sus ojos (For your eyes only, John Glen, 1981). No deja de ser una expresión anglosajona común… pero ahí queda la duda de si algo tendrá que ver.

Retomando el hilo de la trama, y como no podría ser de otra forma, el descubrimiento de la implicación del director de la explotación minera en un sórdido negocio de tráfico de drogas, complicarán innecesariamente la vida del incorruptible O’Niel, y que si ya de por sí este se encontraba más solo que la una tras el abandono de su mujer desde el primer momento de metraje, lo acabará abandonando hasta el desodorante en una cruzada a la que nadie (incluso él en ocasiones) ni encontrará sentido ni prestará soporte, lo que nos lleva al comentado velado remake de Solo ante el peligro y su leitmotiv de anteposición del cumplimiento del deber a cualquier precio ante cualquier otra elección más racional.

Si Will Kane (Gary Cooper) esperaba un tren, William T. O’Niel esperará ansiosamente la llegada de la lanzadera de suministros con los esbirros contratados por Sheppard para encargarse de él, reproduciendo el mismo esquema del western original en el espacio, de una forma satisfactoria pero que conduce a la previsible conclusión de una trama por otro lado bastante simple y lineal durante todo el metraje.

Una pregunta recurrente cuando se compara Alien con Atmósfera Cero, es la de por qué si Alien fue un éxito, Atmósfera Cero es más recordada con pena que por gloria. La respuesta es que siendo honestos la historia de Atmósfera Cero no resulta de gran interés, y en realidad a nadie importa más que a su propio protagonista que como íntegro policía se toma el caso tan a pecho, cuando en realidad, para como le dice todo el mundo, al final no cambiar nada y largarse sin conseguir nada, si acaso sobrevivir en un lío que se ha metido él mismo sobre el que no consigue ni llevar ante la ley al responsable de tanta oleada de suicido y psicopatía que en realidad no parece importar demasiado a nadie. Semejante panorama no es que transmita pintado así nada demasiado épico o memorable.

Si bien la película obtuvo hasta una nominación al Óscar por el mejor sonido e introdujo algunas mejoras técnicas que serían utilizadas en otras películas de la década, su acogida fue posiblemente por estas razones más bien tibia y algunas críticas directamente la destrozaron sin piedad. Cierto es además que comparada con la glorificada Alien, evidentemente la de Ridley Scott fue la precursora en su opresiva e inquietante imagen de ese sucio e industrial futuro de explotación espacial, y en este sentido el mérito de Atmosfera Cero no es propio, sino que está en seguir el camino marcado.

De entre lo más destacable encontramos las interpretaciones de Sean Connery y Frances Sternhagen. Connery, que se encontraba en ese momento de dejar definitivamente el papel de James Bond, aunque lo interpretaría por última vez en Nunca digas nunca jamás (Irvin Kershner, 1983), fue nominado  al premio Saturn a mejor actor, aunque aún no había interpretado los papeles que lo llevarían a las mayores cotas de éxito en su madurez como El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986), que le valdría el BAFTA a mejor actor o Los Intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987), en el que se llevaría el Óscar a mejor actor de reparto. Sternhagen si que ganaría el premio Saturn al que sería nominada como mejor actriz secundaria, y es que Lazarus como comparsa cínica de O’Niel destaca entre el resto de más bien soso reparto.

Para acabar, y siguiendo la tónica comparativa entre Alien y Atmósfera Cero, hay un último apartado en que de nuevo resulta más que obvia esta, por llamarla amablemente, inspiración en la película de Ridley Scott rodada solo dos años antes: la música de Jerry Goldsmith, presente en la banda sonora de ambos títulos, totalmente instrumental en ambos casos, y que en el caso de Atmósfera Cero recuerda en algunos cortes tanto a la de Alien, que juraría que Goldsmith se está autoplagiando.

No deja de ser curioso revisar una cinta tan descaradamente inspirada (por ser benevolente) en Alien, el octavo pasajero, y la estela del éxito que dejó tras de sí. Lástima que el interés por la trama no esté a la altura de ese sucio e industrial futuro, pues si como película policiaca y remake velado de Solo ante el peligro quizás no acabó de funcionar, otra historia de ciencia ficción más dura podría haber funcionado. ¿Y a vosotros que os pareció queridos retrovidentes?